lunes, 8 de septiembre de 2008

"El hijo"

Era un lindo muchacho, mi hijo. Morochito, como su padre, con cabellos renegridos, lacios y rebeldes; los ojos negro azabache le brillaban inquietos y llenos de vida, con una alegría que nunca supimos muy bien de dónde le nacía pero contagiaba a todos los que lo trataban.
Era un muchacho prolijito, mi hijo. Le gustaba vestir bien, siempre con sus vaqueros y sus remeras impecables. Si se salpicaba de barro los pantalones, volvía a casa a cambiarse de inmediato, porque no soportaba que la gente pensara que era sucio o descuidado.
¡Si habremos discutido por culpa de esa costumbre, porque muchas veces un pantalón seguía mojado cuando él ya estaba pidiéndome otro para cambiarse!
«¡No te preocupes, mami! Con el primer sueldo que cobre, te compro el secarropas», prometía cada vez que yo le hacía un reproche, siempre con la sonrisa amable que todos le conocían desde chico. Y así fue, nomás. Cuando consiguió el primer trabajo, apenas cobró salió a comprar el secarropas y me lo trajo él mismo, con la caja envuelta en papel de regalo y una tarjeta que decía: «Para mamá, para que no se queje los días de lluvia».
Era un muchacho trabajador, mi hijo.
Desde que estaba en la primaria empezó a prepararse para ayudar a su familia, haciendo cursos que podían serle útiles para conseguir trabajo. Cuando le preguntaban si no pensaba seguir una carrera, él contestaba que todavía no se le había despertado una vocación, pero creía que alguna vez eso ocurriría, seguramente. «Pero voy a esperar ese día trabajando, no con los brazos cruzados ni perdiendo el tiempo», eso decía. Aprendió a escribir a máquina, después computación; era muy hábil para hacer todo tipo de reparaciones en la casa, hasta se las arreglaba con la electricidad, que no es cosa tan sencilla. Así empezó a trabajar desde los trece años y siempre me daba el dinero, o me sorprendía haciéndome regalos de cosas que necesitaba pero que jamás me hubiera atrevido a pedir a su padre que me las comprara.
A los dieciocho años consiguió trabajo en una empresa muy importante. Entró para descargar camiones y estuvo dispuesto a limpiar el playón, a barrer las oficinas, a hacerle mandados a los jefes, hasta que surgió una vacante en el sector de computación. Pasó bien el examen y pudo hacer lo que le gustaba de verdad: horas y horas con esas máquinas, manejando planillas y hojas de cálculo, aprendiendo todo lo que le iban enseñando, enseñando a otros luego, con su eterna sonrisa y su deseo inacabable de progresar.
Era un buen muchacho, mi hijo.
Un corazón noble y generoso, siempre dispuesto a ayudar a todo el mundo, a colaborar con su familia y con sus amigos. El estaba seguro de que sus jefes lo apreciaban, de que sus compañeros lo querían, de que la vida le iba abriendo caminos cada día, y a pesar de las dificultades, era un chico feliz.
Hasta que vendieron la fábrica. Los nuevos dueños decidieron hacer algunos cambios, «reestructuración», esa fue la palabra del telegrama que le mandaron para anunciarle que se quedaba sin trabajo. Al principio pensó que sería por un tiempo, que volverían a llamarlo cuando todo se organizara; pero esta vez sus deseos no se cumplieron. Empezó la crisis, todo el país se vino abajo y la fábrica terminó cerrando, porque los nuevos dueños eran extranjeros y pronto se dieron cuenta que en Brasil les ofrecían mejores garantías para desarrollar su negocio. Todos sus compañeros se quedaron desocupados, todos. Empezaron a buscar trabajo en otras empresas, pero sólo algunos lo consiguieron; mi hijo tuvo algunos empleos temporarios, pero cuatro años después del despido todavía seguía desocupado.
Las cosas empeoraron con la muerte de su padre, en un accidente de trabajo. Como la empresa constructora no había pagado las cuotas del seguro no recibimos ni un centavo, y casi al mismo tiempo mi hija Silvia se embarazó y se fue a vivir con la familia de su novio. Quedamos solos, mi hijo y yo.
Y las cuentas. Y la tristeza a nuestro alrededor, la gente reuniéndose para compartir problemas y contarse penas, para comentar angustias y desesperación, para hablar de miseria, de desocupación, de hambre, de enfermedades que podrían curarse fácilmente si hubiera dinero.
Era un muchacho muy bueno, mi hijo.
Yo lo veía como luchaba por conservar el ánimo, por parecer siempre el mismo, por conservar la esperanza de seguir adelante y el deseo de luchar; pero aquella lucesita de sus ojos se fue escondiendo poco a poco y su sonrisa se fue tornando más breve, su voz más sombría, sus silencios más largos.
A veces, lo sorprendía sentado en el fondo, bajo el limonero, con la vista perdida vaya a saber dónde, las manos muy quietas sobre la mesa, pensando. ¿En qué estaría pensando mi hijo, en esos momentos? Nunca me atreví a preguntarle. A lo mejor, tendría que haberlo hecho, pero nunca me animé. Ahora, cuánto daría por saber lo que estaba pensando mi muchacho...
Cuando empezaron a venir a casa esos chicos, Javier y el Pato, pensé que a lo mejor lo ayudarían a sentirse mejor, a levantarle el ánimo. No me gustaban mucho, pero después de todo eran chicos del barrio, habían crecido tan cerca, habían ido a la misma escuela, eran tan pobres como nosotros. ¿Por qué tenía que pensar que eran malos?
Cuando los vecinos me vinieron a avisar que la policía se había llevado a mi hijo, no podía entender de qué me hablaban. Pensé que había tenido un accidente y que lo habían llevado al hospital para que lo atendieran, no podía pensar en otra cosa. «¡Apúrese, apúrese, doña Alicia!», me gritaba el almacenero, mientras el hijo de doña Cata me tironeaba de los brazos para llevarme hasta su camioneta, que esperaba delante de casa con la puerta abierta y el motor en marcha. Debe estar muy grave, pensé, están tan apurados...
Pero no se lo habían llevado a ningún lado. Estaba en el medio de la calle, tendido boca abajo, con la cara apoyada en un charco de sangre; muy cerca de la mano derecha había un arma, un revólver negro y reluciente, como sus cabellos. Quieto, muy quieto, estaba mi hijo.
Dicen que iba a asaltar el supermercado, con Javier y el Pato. Dicen que tenían a los clientes encerrados y que ya habían sacado la plata de la caja, cuando el policía que vive a tres cuadras fue a hacer una compra de último momento que le pidió su mujer, y sin querer descubrió el asalto.
Dicen que uno de los chicos se puso nervioso y disparó al policía, que el hombre sacó el arma y tiró también. Dicen que mi hijo era uno de los chicos y que intentó escapar, pero el policía le disparó por la espalda y cayó muerto. Dicen tantas cosas que yo no puedo creerles, porque nadie sabe mejor que yo qué clase de muchacho era mi hijo.
El debía estar de casualidad en el negocio. O a lo mejor acompañó a alguno de los muchachos creyendo que iban a hacer una compra, y los policías –ya sabemos cómo es la policía- seguramente lo vieron morochito y vestido con ropa humilde, y pensaron que era un ladrón, porque para ellos todos los pobres y todos los morochos somos delincuentes. Y cuando dispararon y lo vieron muerto, seguramente le colocaron un arma en la mano, para hacerlo ver como culpable, porque la policía siempre lleva un arma para esas cosas, para cubrirse cuando mata a algún chico como mi hijo sólo por ser morocho y pobre.
Porque mi hijo no era un delincuente, no señor. Pero igual lo mataron.
Ahora sólo me queda su foto, esa donde todavía sonreía, contento porque tenía un buen trabajo y podía regalarle cosas a su madre y a su hermana. Esa foto donde estaba tan lindo, con esos ojos negro azabaches llenos de alegría y de esperanza. Porque era tan lindo mi hijo...***

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