sábado, 28 de marzo de 2009

EL ODIO


Yo los odiaba. Veía sus rostros oscuros, sus ojos pequeños, sus cabellos lacios y renegridos, brillosos y grasientos, y sentía que un profundo desprecio nacía en mi interior. Desprecio, odio, asco por esa gente sucia, negra, demasiado gordos o flacos, siempre mal vestidos, calzados de zapatillas imitación de las de marca, siempre tratando de parecer que eran igual que nosotros. Cuando veía a los muchachos vagando en grupos por las calles del barrio, riéndose vaya a saber de qué, o parados en una esquina con la botella de cerveza que se iban pasando los unos a los otros para tomar a pico, me daban tanto asco... Deseaba verlos desaparecer ante mis ojos, deseaba que la tierra se los tragara, que no quedaran ni restos siquiera de esos seres inferiores, mugrientos, viciosos, vagos, una lacra de la humanidad. A veces, cuando me cruzaba alguno de los chicos con gorras con viseras al revés y vaqueros agujereados en las rodillas, que caminaban con pasos largos y seguros, como si se creyeran dueños del mundo, sentía que el odio salía por mis ojos y deseaba que ese odio se convirtiera en lenguas de fuego, para quemarlos, incinerarlos, hacerlos desaparecer para siempre de este mundo.
Ellos debían saber que los odiaba, supongo. Ellos debían sentir ese odio, porque al enfrentarse a mí bajaban la mirada, la fijaban en el suelo, y seguían caminando con el paso cambiado, más ligero, tal vez para alejarse de mí lo más rápido posible.
Me gustaba que me tuvieran miedo. Me hacía bien sentir que me vieran como un peligro, como alguien que podía hacerles daño de alguna manera, aún cuando no supieran que yo era policía. Era bueno sentirse más fuerte que esta gente, qué digo, esa gentuza, esa lacra, porque alguien tiene que hacerles entender que no pueden igualarse a nosotros, que nunca van a poder vivir de la misma manera que nosotros, que siempre van a ser inferiores, un rebaño de ovejas manejados por el político de turno a cambio de una bolsa con comida, un choripán y un tetrabrik con vino, o un par de cervezas.
Siempre odié a los negros. Desde que era chiquito me peleaba con ellos en el patio de la escuela, les hacía zancadillas para que se cayeran y después les pegaba, aunque fueran más fuertes que yo y volviera a casa con la cara ensangrentada y el guardapolvos roto, pero me daba el gusto de pegarles. Mamá me miraba con desaprobación, murmurando rezongos, pero mi padre se encogía de hombros y decía que está bien, seguro que esos negros lo habrán provocado, está bien que el chico aprenda a defenderse. Así fue toda mi vida. En el secundario había pocos, porque iban dejando a medida que pasaban las semanas y los meses de clase, si ya sabemos que son incapaces de estudiar, tienen el cerebro atrofiado por esa comida de porquería que les dan las madres para mantenerlos con vida a toda costa desde que nacen, y las pocas neuronas que les quedan las tienen quemadas de tanta cerveza. Pero igual me peleaba con ellos cada vez que podía, me gustaba verles las caras ensangrentadas y los ojos llenos de miedo cuando les hacía frente, porque ni siquiera entre dos o tres podían conmigo. Era la fuerza de la furia, del odio que les tenía lo que me hacía más poderoso que ellos, imbatible.
Algunas veces nos encontrábamos en los bailes. Los negros iban, con el cabello peinado con gel y el vaquero barato, tratando de parecer lindos para atraer a las negritas, y bailaban saltando como monos, moviéndose y despidiendo ese olor rancio a sudor y sexo. Asco, me daban tanto asco....
Cuando entré a la policía me tocó hacer rondas en los barrios bajos, esos barrios con calles de tierra y casas de ladrillos sin revocar, casas mal hechas y autos viejos, rotos y descascarados, que los negros se compran por poca plata, o simplemente roban. Ellos estaban allí, a veces sentados en las puertas, tomando cervezas y hablando de cosas sin sentido, vaya a saber qué, cómo iban a hacer para conquistar a la morochita de la otra cuadra, o cómo iban a convencer a la negrita que conocieron en el baile para que se acostara con ellos. Aunque no creo que tuvieran que usar mucho argumento, porque esas negras son todas putas, qué digo, ni siquiera eso, porque las putas por lo menos cobran, estas se acuestan por diversión, de puro calentonas, para que las toquen, para tener un hijo que se parezca al tipo que les gusta, porque coleccionan hijos de distintos hombres como quien colecciona recuerdos de lugares turísticos. Los miraba y deseaba que se atrevieran a hacer algo malo, que insinuaran el más mínimo gesto de provocación para sacar el arma y descargar todas las balas sobre ellos, verlos caer ensangrentados en la calle, verlos muertos... Pero ellos tenían mucho cuidado, se hacían los disimulados, bajaban la vista cuando veían acercarse al móvil de la policía y seguían hablando de sus cosas, contándose sus porquerías. Entonces, me gustaba imaginar que sentían mi odio, que lo sentían como un calor que brotaba desde el auto y les hacía nacer toda su cobardía.
Porque son cobardes, esos negros de la villa, todo el mundo lo sabe. Se envalentonan cuando van en grupo, cuando tienen la garganta caliente de cerveza y la mente atontada por las drogas, pero si están solos no son nada, se convierten en un muñeco de trapo y estopa, que se incineran con su propio miedo. Por eso me gusta encontrármelos a solas, que nuestras miradas se crucen y se encuentren, y ver cómo se achican y se esconden dentro de sí mismos, como esas arañas de patas largas que apenas se les acierta un golpe se convierten en una cosa pequeña y oscura, un ovillito sin sentido que si uno no las vio antes ni siquiera las identifica.
La alegría de mi día era encontrar a uno de ellos robando, o a punto de robar, vigilando una casa vacía o haciendo guardia en la puerta de un comercio; descubrirlo así, infraganti o casi, y agarrarlo de los brazos, sacudirle un par de bofetadas, colocarle las esposas y llevarlo a los empujones hasta el auto, obligarlo a bajar la cabeza para meterlo adentro, pero no lo suficiente, y dejar que se golpee la frente, que le duela, que aprenda que ser chorro no tiene premio y que la policía está para eso, para agarrarlos a todos y encerrarlos, ojalá se pudran en la cárcel y no puedan volver a las casas para seguir saliendo con las negritas, y trayendo hijos al mundo, hijos desnutridos y descerebrados como ellos, que serán tan chorros y desgraciados como los padres. Pero no, no es así. La verdad es que salen, siempre salen, salen dos o tres días después de que los detenemos, o una semana después, pero salen, porque son menores o porque no alcanzaron a hacer nada antes de que los detuviéramos, o porque los dueños del comercio que robaron les tienen miedo a los hermanos de esos negros y ni siquiera se animan a firmar las denuncias. ¡Los perdonan! Pero a nosotros no, a nosotros nos ensucian todo el tiempo, nos acusan de violentos, de gatillo fácil, de asesinos uniformados, a nosotros, que andamos en la calle vigilando para salvarles la vida, las casas, los automóviles importados, los televisores de pantalla gigante, los equipos de música, las ganancias de sus comercios y de sus empresas. A veces, ellos también me hacen sentir odio, como los negros, porque en el fondo son sus cómplices, porque prefieren verlos caminando por las calles y a nosotros nos miran con miedo o con desprecio, como si fuéramos culpables de todo lo malo que ocurre en esta ciudad, en este país, en este mundo.
En eso venía pensando ese día, cuando encontré a los tres negritos de la villa. Era de noche, una noche oscura y húmeda, con un retumbar de truenos lejanos anunciando la tormenta de Santa Rosa. Los tres estaban delante del kiosco de Don Emilio, que hacía meses despachaba detrás de las rejas porque ya le habían asaltado tantas veces que ya no le quedaba ánimo para abrir la puerta, pero mantenía la costumbre de atender a cualquier hora a los que hicieran sonar el timbre porque el viejo sufría de insomnio y pasaba las noches viendo películas y decía que al menos algunos pesos se hacía y le sacaba ventajas al castigo de no poder dormir.
Los tres estaban frente a la ventanita enrejada, uno con la mano en el timbre, los otros mirando para adentro, con las manos puestas sobre los ojos como viseras, espiando. Apenas los vi, me di cuenta que eran chorros. Ni siquiera habían tocado el timbre, solamente hicieron el gesto para disimular cuando se dieron cuenta de que se acercaba un auto, estoy seguro. Les di la voz de «alto, policía», y se dieron vuelta a mirarme, sorprendidos. El más chico obedeció enseguida, se puso de rodillas con las manos en la nuca, la cabeza baja, temblando; los otros intentaron retobarse. «No somos chorros, sólo venimos a comprar cigarros», dijo uno de ellos, pero tuvo la precaución de levantar los brazos, por las dudas. «¡Qué te pasa, negro! ¡Si vos me conocés, si somos vecinos!», gritó el otro, el más alto, mirándome con cara de asombro.
¡Me dijo «negro»! El insulto me golpeó en la cara como una trompada de knock out, me sacudió, me provocó un estremecimiento de dolor, creo que hasta dejé escapar un gemido. Me insultó, el maldito negro villero me insultó, se dio el lujo de insultarme, de recordarme que vivía en el mismo barrio, que tenía la desgracia de compartir sus mismas miserias, de ver la misma mugre, de oler el mismo hedor abominable de aguas podridas, de oír las interminables cumbias villeras y los insultos de medianoche entre borrachos y los llantos de las mujeres golpeadas por sus maridos y los lamentos de los chicos hambrientos, cansados de mate cocido con pan seco. Me recordó mi origen, me ofendió en plena calle, delante de los otros dos negritos, a oídos de don Emilio, que espiaba a través de las cortinas del kiosco, de cualquiera de los vecinos que se hubiera despertado con el ruido.
Sentí el odio, creciendo como una fuerza brutal e incontenible, derramándose desde mi interior como lava volcánica, quemando mis huesos y mi piel. Y empecé a golpearlo, una y otra vez, con los puños convertidos en mazos de acero, adelante para estrellarse contra su cara, atrás para buscar más fuerzas, adelante para romper una nariz, para partir una ceja, para hundir un ojo, para magullar un pómulo, para desprender dientes y trozos de labios ensangrentados. Sin cansancio, una y otra vez, a pesar de los gritos del más grande y de los sollozos convulsivos del más chico, que seguía de rodillas en el suelo, mirando como hipnotizado. Y seguí golpeando cuando el flaco se cayó, pateándolo en la cabeza, en las costillas, en las piernas, y gritándole, negro, negro maldito, negro chorro, no vas a robar más a nadie, no vas a insultar más a nadie, de mí no va a salvarte nadie...
En algún momento, él se quedó quieto, inmóvil, fláccido como un muñeco de carne y huesos molidos. ¿Muerto? El flaco parecía muerto. Y el otro empezó a gritar como un loco, con chillidos histéricos: «Lo mataste, mataste al Diego, asesino, maldito asesino, asesino...!» Don Emilio había prendido la luz del kiosco y la cara del muchacho brilló, empapada por las lágrimas. «¡Te voy a denunciar, vas a pagar esto, desgraciado!»
«¡Pum, pum, pum!». El muchacho cayó muerto, al lado del flaco. Los disparos retumbaron a lo largo de la calle, y enseguida llegó el chillido del chico arrodillado en la vereda, mientras la sangre del muerto empezaba a mojarle los vaqueros deshilachados en las rodillas. Su cara era una máscara de terror, eso fue lo último que vi antes de levantar el arma y sentir el sacudón del disparo saliendo para estallar en su cabeza. Cayó de bruces, junto a los otros. Muertos, tres negros muertos, tres villeros, tres delincuentes, tres ladrones descubiertos justo cuando se aprestaban a asaltar el kiosco. Don Emilio va a decir que sí, porque él también sabe que los negros de la villa son todos chorros, ya le robaron tantas veces...
Por eso los odio tanto, porque soy policía para proteger y servir, como dicen en las películas americanas, y los tres negros estaban por robarle a ese pobre viejo, ese kiosquero de mala muerte que ni siquiera gana para pagar los impuestos. Ahora son tres chorros muertos.
Y mi odio descansa, se repliega, se esconde en algún rincón de mi alma, y siento un gran alivio, una enorme sensación de paz, de haber cumplido con mi deber.***













DESARRAIGO




Fue armando la valija despacito, colocando cada prenda con cuidado, casi amorosamente, como si temiera que fuera a desaparecer entre sus dedos si la doblaba demasiado a prisa o sin prestarle la debida atención a cada uno de sus pliegues. De repente, cada pieza de ropa iba cobrando identidad propia, despertando recuerdos que hasta entonces parecían no haber sido importantes. El vestido azul, que le había obsequiado su tía Alcira. El pantalón vaquero que vestía el día que conoció a Dardo, y que había usado tan pocas veces porque enseguida aumentó de peso y le ajustaba demasiado. El pulóver tejido por su madre, con aquellas gruesas torzadas que se entrecruzaban en la delantera y en el centro de las mangas. La camisa escocesa que Dardo le había obsequiado una tarde, cuando paseaban mirando las vidrieras del centro y ella le comentó que le parecía hermosa. El vestido que se había comprado con su primer sueldo, que en un comienzo le resultaba demasiado amplio y con el correr de los días y las variaciones de la balanza llegó a parecerle insoportablemente ajustado, y tuvo que dejar de usarlo. Pero ahora lo incluía en su equipaje, porque seguramente en España iba a extrañar las comidas argentinas, sobre todo el asado de los domingos, las facturas de manteca que hacía la tía Zulema, y que infaliblemente acompañaban el mate de las tertulias familiares; y los raviolones de su abuela, con ese relleno que la anciana había conservado como un secreto de familia y nunca había accedido a confiar a nadie. Y eso, sumado a la nostalgia y al trabajo, iban a ayudarla a adelgazar.
«Todos pierden peso cuando se van a vivir al extranjero, sobre todos los argentinos, que le dan tanta importancia a la comida», había dicho don Ramón, el almacenero español que luego de quince años atendiendo el mostrador de su despensa en Parque Patricios decidió cerrar y marcharse de regreso a su tierra natal, cuando le robaron por décima vez todo el dinero trabajosamente recaudado a lo largo del día. Y su tío Mario, que había partido hacía ya tres años y enviaba fotografías desde su nuevo hogar, de verdad que lucía muy delgado, casi flaco, «piel y huesos», como gustaba exagerar la abuela, que aún conservaba como imagen de belleza la figura regordeta y los rostros redondeados de los retratos antiguos.
Alguna de aquella ropa ni siquiera le sentaba, pero seguía guardando prenda tras prenda, acomodándolas con movimientos que se parecían a caricias, inclinándose sobre la valija para mirarlas de cerca, porque cada vez le costaba más distinguir si los pliegues iban o no quedando como correspondía. Se enjugó las lágrimas que empezaba a rodarle por las mejillas con el reverso de la mano. Qué dirían sus amigas si supieran que lloraba mientras hacía las valijas, ellas, que desde que empezó a contarles de los preparativos de su viaje comenzaron a revolotearle alrededor con risitas emocionadas y nerviosas, como si lo que estaba por ocurrirle a ella fuera algo digno de envidia. «Vos sí que tenés suerte, Chabela!», había dicho Susana. «Tener un tío en España que haya sido capaz de conseguirte un empleo, y que puedas irte así, con todos los papeles en orden, sin incertidumbre ni miedo, como se fueron tantos otros...».
Era suerte, sí. Así lo veía todo el mundo: sus padres, los vecinos, las ex compañeras de trabajo, las que fueran sus compañeras de estudio; una verdadera suerte. Sobre todo aquello de tener un empleo donde ganaría un sueldo decente, ir acomodando su vida al nuevo entorno, y enviar dinero a sus padres, acosados por las deudas y las privaciones de meses sin trabajo, con la sombra de la depresión rondando sombríamente y el miedo a caer enfermos convertido en un acoso despiadado e ineludible.
Pero también estaban las pérdidas, las despedidas, las calles familiares que ya no recorrería, la gente que ya no volvería a ver quién sabe hasta cuándo, los sonidos familiares del televisor, del motor de la vieja heladera, de la máquina de cortar pasto, y sobre todo, la mano cálida de su madre acomodándole el cuello del saquito de lana, la mano áspera del padre extendiéndole un mate, la mirada crítica de la abuela examinando su peinado, su ropa, su maquillaje. Los aromas familiares del café recién hecho, del jazmín florecido, del pasto recién cortado, de la tierra humedecida por la lluvia, del cabello de la abuela cuando se inclinaba a darle un beso. Los aromas de su vida, que fueron parte de su infancia, de adolescencia, de sus alegrías y de sus tristezas, ahora pasarían a ser parte de su nostalgia.
Sintió una mano apoyada en su hombro. Era su padre, que había ingresado a la habitación tan silenciosamente que ni siquiera advirtió su presencia. «Te traje un mate, hijita», murmuró el hombre, desviando la mirada para fingir que no había notado las lágrima que empañaban los ojos color miel de Chabela. Los dedos de la joven estaban fríos y temblorosos, pero sostuvieron el mate con fuerza, aferrándolo como un ancla que la mantenía unida a ese mundo que empezaba a escapársele poco a poco. Sorbió un trago del líquido caliente y dulce, y se volvió para sonreír al hombre, que la miraba con timidez, tal vez temiendo descubrir la profundidad del dolor que iba materializándose en el alma de la hija que en pocas horas más partiría camino a Ezeiza.
Aquella era la última valija. En un rincón del cuarto, alineadas en torno a la mesita de luz pintada de blanco, aguardaban las otras maletas, algunas preparadas ya con varios días de anticipación, y la caja prolijamente empacada que contenía algunos recuerdos personales que Chabela había ido escogiendo con cuidado en la semana previa al viaje: algunos libros, cuadernos con apuntes de vida, albumes fotográficos, objetos, regalos, algunos cuadritos que habían adornado su cuarto infantil primero y su habitación de muchacha soltera más tarde, una colección de postales de Argentina, un par de juguetes que atesoró en su infancia. Encima de la caja, cubriéndola protectoramente, el poncho rojo y negro, último obsequio del abuelo Tomás antes de despedirse de este mundo, que Chabela pensaba llevar sobre los hombros al ascender al avión que la llevaría al aeropuerto de Barajas.
La madre entró también, despacito y en silencio. Mirando a la hija sonrió, con esa sonrisa dulce y serena que le transmitía tanta paz. Ella fue la que más se había resistido a la partida de la hija, pero la fuerza de la realidad terminó por sobreponerse. Había visto el cansancio de la joven cada noche, al regresar de horas de búsqueda vana de un trabajo; había sido testigo de su desilusión, de su agotamiento, de aquella impotencia que tantas veces lloró refugiada entre sus brazos, como antes había sido testigo de sus años de estudio y de esfuerzo para ser la mejor, superar a sus compañeras y superarse a sí misma y alcanzar un nivel académico que le permitiera ser una profesional capacitada. Todo aquel esfuerzo no podía haber sido en vano; la hija debería volar, y ella decidió abrir los brazos para dejar que se marchara, aun temiendo no volver a verla en años. O tal vez nunca.
La hora de la despedida era demasiado cercana ya, y no podía permitirse el lujo de llorar ante la hija. Más bien, sabía que era el momento preciso para animarla, para ayudarle a recuperar la visión bella y optimista de su destierro: podría trabajar en lo que tanto le gustaba, podría ganar dinero para ayudar a su familia, podría reencontrarse con su tío Mario y conocer al sobrinito que sólo había visto por fotos. Podría conocer muchos lugares nuevos, y a gente hospitalaria y amable que la ayudarían a adaptarse a un estilo de vida distinto, tal vez hasta encontraría el amor en España. Posiblemente ése era su destino, y entonces todo el dolor de la partida pasaría a ser una anécdota para recordar con una sonrisa. «Sí, por qué no, hija mía, no tenés que estar triste, si la vida no termina acá, quién sabe cuántas cosas buenas e importantes te esperan en España...»
Chabela escuchó la voz cálida de la madre, acompañándola mientras doblaba y guardaba las últimas prendas, mientras cerraba la última valija y le adhería la etiqueta con su nombre y su destino. Cuando se volvió, su padre y su madre estaban de pie detrás de ella, contemplándola con expresión de amorosa preocupación. «Están por quedarse solos, y se preocupan por mi dolor, hasta tratan de consolarme», pensó la joven, sintiendo que la emoción que había ido creciendo en su interior a lo largo del día se desbordaba como un río de montaña con la llegada de los deshielos, sacudiéndola en incontenibles sollozos. Mientras el torrente de lágrimas corría por su rostro, sintió que los brazos de sus padres la rodeaban, estrechándola apretadamente, como cuando era una niña pequeña que temía su primer día de clases. Se enlazó a ellos y lloraron los tres.***